La comedia del director neozelandés Taika Waititi, nominada a seis estatuillas doradas, retrata desde una nueva y refrescante perspectiva a la juventud nazi.

Ahí donde la razón falla, la risa se abre camino para cumplir el cometido de ésta: la empatía entre humanos. Jojo Rabbit es el ejemplo de esta idea. Es una película muy arriesgada, si se toma en cuenta que el director y guionista neozelandés Taika Waititi eligió el punto de vista de un niño para explorar el radicalismo nazi, en Alemania, durante la Segunda Guerra Mundial. La apuesta de este filme, nominado a seis Óscares, es mayor si se considera que se empleó la comedia como género para abordar esta sensible temática: leer un guión en el que el protagonista, Jojo, interpretado por Roman Griffin Davis, tiene como amigo imaginario a Adolf (un tipo idéntico a Hitler), debe haber causado preocupación a decenas de productores por el desempeño en taquilla de esta película, en una época en la que la corrección política lo es todo.

Jojo Rabbit, con una estética muy parecida a Moonrise Kingdom, de Wes Anderson, tiende hacia lo políticamente incorrecto, pero atraviesa este abismo con la elegancia y gracia de un equilibrista. Justo ahí radica la clave de su éxito: llevar un tema sensible, espinoso, al límite, sin desbordarlo. Se necesitaba un tono de comedia muy fino para que el humor, siempre al filo, fuera efectivo. Y no sólo eso, en esta película se logra que el género, la comedia, sea el vehículo hacia el argumento moral de la historia: reconocer la otredad. En ese sentido, Taika ha demostrado –—como Jordan Peele, a través del thriller, con Get out y Us–— que tiene la sensibilidad e inteligencia para explorar los problemas de nuestra época y representarlos a través de metáforas potentes.

La trama de Jojo Rabbit gira en torno a un adolescente, Jojo, que asiste a un campamento nazi en el que deberá aprender a matar y convertirse en un hombre. Sin embargo, un accidente y el descubrimiento de que su madre Rosie, interpretada por Scarlett Johansson, esconde en el ático a un niña judía, Elsa, encarnada por Thomasin McKenzie, lo obliga a cuestionar su esquema de valores. En ese sentido, en un mundo tan divido como el de ahora, este filme es un espejo preciso y necesario de cómo la ignorancia lleva hacia la violencia.

Pero Jojo Rabbit, en la que también figura Sam Rockwell, es sobre muchos temas más. Es sobre las consecuencias de la ausencia paterna, sobre lo intenso y confuso que es el primer amor, sobre el silencioso duelo de una madre y un hermano, sobre el dolor de ser marginado por el grupo al que quieres pertenecer y, principalmente, sobre lo peligrosa que es la adolescencia, como etapa formativa, cuando se corrompen los corazones de los jóvenes con ideas políticas.

En Jojo Rabbit, estos temas, en conjunto, forman un universo en el que el espectador desarrolla una empatía e intimidad con estos personajes que tratan de escapar de un mundo atroz. Esto se logra en gran medida por las excelentes actuaciones: el mismo cineasta Taika Waititi —también director de Thor: Ragnarok (2017)— interpretar a Adolf en un tono tan lúdico (un Hitler tan necesitado de atención) que resulta cómico ver a este personaje desde un nueva perspectiva pese a su estigma histórico.

Scarlett Johansson está dos veces nominada para la próxima edición del Oscar, como Mejor Actriz, por Marriage Story, y como Mejor Actriz de Reparto, por Jojo Rabbit. En esta última ofrece una sensible interpretación de una madre que, pese a estar en completo desacuerdo con el radicalismo político de su hijo, debe apoyarlo emocionalmente porque éste reciente la ausencia paterna y, en consecuencia, busca arquetipos masculinos en el peor lugar posible.

Sin embargo, todo el peso de la película recae sobre Roman Griffin Davis, quien con esta película acaba de tener uno de los debuts más prometedores, porque esta actuación le valió una nominación al Globo de Oro como Mejor Actor de Comedia. Basta verlo poco en pantalla para reconocer que tiene un allure natural, al nivel de Macaulay Culkin o Haley Joel Osment. Roman encarna tan bien a Jojo —su rango va desde la ternura, pasando por el amor, hasta la frustración de un dolor contenido— que el espectador se puede reconocer en él y, por eso, la película se convierte en una experiencia íntima y personal.

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