Alejandra Pizarnik dejó un gran legado que incluía un diario de casi 1000 páginas, poemas, cartas, relatos y varias novelas cortas.

En Avellaneda, una de las ciudades bonaerenses más famosas, nació Flora Alejandra Pizarnik (n. Argentina, 29 de abril de 1936), hija de inmigrantes europeos (ucranianos judíos) que huían de la monstruosa Segunda Guerra Mundial.

No solo tuvo que entender desde muy pequeña los dolores y heridas insanables que había dejado el Holocausto en su familia, sino que sintió una clara indiferencia materna, porque su madre prefería a su hermana.

Delirios o no, Flora se sintió desconectada de su progenitora y empezó a desarrollar complejos físicos que le atormentarían toda la vida. La única manera de sobrellevar la oscuridad de su ascendencia fue desarrollar un comportamiento rebelde, irreverente y caótico. Demasiado europea para ser argentina, nunca pudo consolidar el acento regional y se encajetó en un español con tintes rusos.

Sus constantes cambios de peso, los problemas de asma, tartamudez y un severo cuadro de acné que marcaría su rostro la convertirían en una chica más tímida y compleja; sin embargo, adoró la literatura desde que entró en contacto con ella y su brillantez contribuyó a matricularse en la carrera de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Mientras tanto, publicó sus tres primeros poemarios: La tierra más ajena (1955), La última inocencia (1956) y Las aventuras perdidas (1958).

Su obra está marcada por el surrealismo y trató especialmente temas como la muerte, la naturaleza o la infancia.

La poeta se suicidó a los 36 años. Dejó escrito en la pizarra de su apartamento, en el edificio Montevideo 980: “No quiero ir nada más que hasta el fondo”. La muerte, que tanto usó para crear arte, la convenció de volcarse a su lado el 25 de septiembre de 1972.

Hija del viento

Han venido.
Invaden la sangre.
Huelen a plumas,
a carencias,
a llanto.
Pero tú alimentas al miedo
y a la soledad
como a dos animales pequeños
perdidos en el desierto.

Han venido
a incendiar la edad del sueño.
Un adiós es tu vida.
Pero tú te abrazas
como la serpiente loca de movimiento
que sólo se halla a sí misma
porque no hay nadie.

Tú lloras debajo del llanto,
tú abres el cofre de tus deseos
y eres más rica que la noche.

Pero hace tanta soledad
que las palabras se suicidan.

Con información de Revista Única y Culturizando.

Foto: © Fan Ho, Approaching Shadow, 1954.